Vinculados a nuestra naturaleza de habitantes de este país agrícola, varios artistas nos hemos sentido convocados a producir obras incluyendo directamente semillas de soja, trigo, etc., en diversas formas.
La obra “El Reinado” de Marina Gryciuk, presente en el colectivo “Frivolidades Argentinas 2” en la Biblioteca Argentina, despliega a mí entender la solución más original y contundente con respecto a la idea de trabajar con “ese yuyo maldito”.
Un vestido “de largo”, simulacro de prenda para alguna gala, porque al mismo tiempo luce ordinario en su materialidad de cintas celestes cruzadas en cuadratura sobre una guata blanca (elemento de la industria textil que sirve para rellenar prendas, para conferirles mayor cualidad de abrigo, pero que en toda confección siempre está oculto), reviste un maniquí negro de sastre que resguarda sus formas femeninas.
Acentúa la sensación de rigidez, casi cruel en oposición al glamour rococó que una prenda de vestir de esas características se supone debería tener, el estampado de puntos de tonos “naturales” alineado en perfecta cuadrilla virtual. Pero la obra, con una observancia mas profunda, deja irrumpir desde una situación impensada, aquello de lo orgánico que uno estaba necesitando afirmado en una estructura de lugares comunes. Esa desprevención del espectador colabora en su propio desequilibrio repentino, necesario para envolverlo en connotaciones e interrogantes, al advertir que aquellos “puntos” del estampado son, en realidad, “celdas” que alojan semillas de soja germinándose.
Ahora, súbitamente, la obra dispara múltiples proyecciones: el vestido-germinador blanquiceleste ¿es nuestro país? ¿Las líneas de puntos son los rectos y paralelos sembradíos invadiéndolo por completo? ¿Puede el cultivo avanzar como para llegar a brotar de nuestros cuerpos mismos? ¿Nuestra estupidez ha logrado convertir a una semilla en un implacable parásito que nos ataca como una peste para la que no encontramos antídoto? ¿El vestido representa la investidura presidencial, por primera vez en nuestra historia, encarnada en una mujer?
El sentido de la oportunidad no podía ser más preciso, cuando se está desarrollando una lucha casi esquizoide entre el gobierno y poderes de nuestra economía agraria de muy disímiles niveles y apetencias. Uno entró a ver “Frivolidades”, y la obra nos empuja a reflexionar nuestra realidad, y recordarnos el interrogante obligado como ciudadanos con respecto a lo que está pasando afuera, en las rutas: en tales condiciones y “tren bala” mediante, aunque esta batalla nos esté jaqueando, cómo distinguir por quien adherir o impugnar.
Marina por lo pronto, seguirá reafirmando la aptitud de su obra como generadora de vida y crecimiento, regándola en los días sucesivos. Esperemos que esto también sea indicio de los próximos acontecimientos.
De una exposición que merece visitarse, que incluyó acciones muy apropiadas a la propuesta, no puedo dejar de señalar lo que siempre me resuena innecesario y que desjerarquiza, en mi opinión, a las instituciones culturales que pertenecen a todos. Tal vez la gran “frivolidad” sea el hecho de que en un espacio público de arte como lo es la Biblioteca Argentina, exponga el funcionario-artista que coordina justamente esa sala: Rubén Echagüe.