
Días atrás he recibido un correo colectivo de Eduardo Molinari a partir de la muestra "1968: el culo te abrocho" y distintas respuestas que hasta ahora ha obtenido.
Querría hablar de ideas dejando de lado a las personas, pero sucede que tales ideas no se manifiestan en abstracto, sino que encarnan en alguien que las enuncia. Estas líneas no tienen la intención de objetar a una persona, sino de cuestionar algunas producciones. Quiero plantear un problema para continuar el debate político/artístico que Eduardo abrió. Tal vez eso nos ayude a reflexionar sobre nuestras prácticas.
Lo primero que observo de los correos son los remitentes que, para mí, tienen algunas características comunes:
1) la de saber que el arte participa del debate político,
2) que el arte no es político, religioso, sexual o tecnológico, sino que hay interpretaciones políticas del arte, interpretaciones religiosas del arte, etc,
3) que la fotografía de un chico desnutrido pidiendo en la calle es más lo que cierra una interpretación política que lo que la permite.
Actualmente Roberto Jacoby está mostrando en la galería Apettite "1968, el culo te abrocho".
A nadie le escapa que los 60 fueron años de revueltas en el mundo, años de sueños, de acción, de certezas, de búsquedas, de fusión de lo individual en experiencias colectivas… Aquellos intensos años han quedado condensados en el imaginario en la revuelta de París del año 68.
También es significativo decir que Jacoby es uno de nuestros íconos de aquellos años, ícono que se ha construido en las acciones colectivas, en la resistencia cultural y en la militancia. Tal como los documentos de las imágenes y el texto del afiche de la muestra se preocupan, insistentemente, en demostrar.
¿Cómo no repudiar, entonces, la actual posición de Jacoby, que en una parte del texto del afiche de la muestra es capaz de afirmar: "Con la catástrofe sangrienta –guerra civil contenida por medio de un genocidio…" (sic) ¿Guerra civil? ¿¡Guerra civil contenida por medio de un genocidio!? ¿Cree Jacoby que esta es una afirmación sin implicancias ni consecuencias políticas? ¿Jacoby sostiene la teoría de los dos demonios? ¿Qué pensarían Eduardo Ruano o Eduardo Favario de esta posición? Sólo por nombrar dos ejemplos que se mencionan en el escrito del afiche, ambos fueron artistas comprometidos que también participaron desde la arena política de ese entonces cayendo el segundo en combate armado.
Sin embargo, la ambigüedad en el discurso escrito y visual es la estrategia más firme y consistente de Jacoby. La maneja con lucidez y eso le permite ir acomodándose según cómo se den los acontecimientos. ¿Cómo puede mostrarse alguien como combativo, como cuestionando el estado de cosas, y al mismo decir que antes de la dictadura había una “guerra civil” y que el genocidio la “contuvo”? Ya que esta afirmación casi justifica el genocidio.
La muestra en la galería está compuesta por una serie de fotografías tensionadas entre objetos bidimensionales y frases cortas en grandes caracteres. Básicamente los objetos fotografiados son pósters y recortes periodísticos del archivo personal de Jacoby, y hacen referencia, en su abrumadora mayoría, a Jacoby en aquellos años. Los textos sobre escritos también le pertenecen, y tuvieron difusión social a través del grupo Virus. Si bien pareciera que se habla del 68, de compromiso con conflictos sociales, de búsquedas, de sueños, de utopías, en realidad de lo único que se habla es de Roberto Jacoby. Toda la muestra es absolutamente autoreferencial. Así, la afirmación programática que contiene el afiche –"En su repaso de 1968 Jacoby se pregunta si todavía resulta posible extraer de la confrontación con esa fecha sobrecargada de mitos, algunos fluidos vitales que se activen en el presente"- no es un programa colectivo ni individual, sino una advertencia sobre lo insoslayable que resulta su persona.