Diez tesis en favor de las descargas libres de bienes culturales en Internet

Diez tesis en favor de las descargas libres de bienes culturales en Internet

Por Enrique Gallegos // 02 de agosto de 2012

 El homicidio, la trata de mujeres, el tráfico de niños, la pobreza y la miseria son los verdaderos males que aquejan a la humanidad. Según la ONU, en 2010 hubo 468 mil homicidios en el mundo; se estima que 3 mil 500 millones de personas viven en la pobreza; en su informe de 2009 la ONU localizó más de 2 mil 400 víctimas de la "trata de personas" secuestradas como esclavas sexuales; en algunas zonas de África 30 por ciento de los niños sufre desnutrición aguda y seis personas (entre niños y adultos) mueren de hambre al día. Por ello, resulta un discurso tramposo y encubridor pretender que la libre descarga de bienes culturales es un mal.

1. El legado histórico. Quienes critican y promueven la persecución de la piratería y las libres descargas de obras culturales de Internet, argumentan violación de los derechos patrimoniales; parten del supuesto que una obra cultural se produce a partir de un vacío histórico, como si primero hubiera "nada" y luego surgiera "algo". Nada más falaz: todo producto cultural tiene sus antecedentes y gracias a éstos genera parte de sus mejores impulsos.

2. Apertura al futuro. Los seres humanos están proyectados al futuro. Como han explorado las principales filosofías del siglo XX, uno de los rasgos singulares del hombre es la posibilidad de pensar e imaginar el futuro. Los productos de la cultura son los mejores medios para pensar y proyectar la sociedad, la política, el amor, la esperanza, las necesidades, los fracasos... Una canción, un poema, un ensayo, pueden desencadenar mundos imaginarios con un potencial transformativo. Privar de esto a la humanidad con el argumento del "daño patrimonial" es mutilar la naturaleza temporal del hombre.

3. Reconocimiento del presente. Las obras culturales generan momentos de reflexión, crítica y placer; pueden desencadenar acciones de compromiso, de solidaridad y de indignación frente a las injusticias. Si toda obra cultural se adscribe de alguna manera a una tradición histórica y si los productos culturales son necesarios para imaginar otros mundos posibles y nos abren el futuro, no menos cierto es que también posibilitan reconocer nuestro presente al hacernos más sensibles a las ideas, sensaciones y emociones de los otros. Sin cultura no hay presente ni presencia de los otros.

4. Divulgar el patrimonio cultural. Si la cultura es "patrimonio de la humanidad", entonces se le debe difundir por todos los medios posibles. Pero no sólo difundir, sino también buscar que el mayor número de personas acceda efectivamente a ella. En un mundo potencialmente interconectado, Internet es el medio más adecuado para ello (a pesar de sus limitaciones). Por tanto, penalizar las descargas libres significa evitar su divulgación y restringir el acceso a aquellos grupos que no cuentan con suficientes recursos económicos.

5. Preservar el patrimonio cultural. Si aceptamos que las obras culturales son un legado de la humanidad, entonces es necesario hacer todas las acciones necesarias para preservarlos. Pero preservar la cultura no se reduce a guardar sus productos en museos, galerías o cajones incontaminados; significa, más bien, resguardarlo en la memoria colectiva y en el flujo de las constantes interpretaciones y apropiaciones. Dicho de otra manera, la genuina forma de preservar la cultura es permitir un acceso universal a los bienes culturales. Por ello, sostener que las copias y las descargas libres de libros, música, videos, etcétera, en internet son dañinas, resulta un argumento incompatible con la obligación de preservar el patrimonio cultural.

6. No son mercancías. Los productos culturales son manifestaciones materiales y espirituales del hombre, son concreciones de su historicidad; son, además, expresiones de emociones, ideas y proyecciones de otras vidas y otros mundos. Por ello, no pueden equipararse con mercancías ni insertarse en la lógica patrimonialista. El mercado podrá querer engañar tasando en tal precio un cuadro de Orozco o subastando un manuscrito de Baudelaire, pero jamás podrá aprehender su verdadero significado como obra cultural. Y no es que la cultura no sea valorable, sino que sus criterios de estimación no obedecen a las reglas del mercado, sino a las de lo imponderable e ilimitado.

7. La desproporción en los precios. Suponiendo que se acepte la posibilidad de que los intermediarios cobren por los servicios que prestan, el valor de un libro, disco o película nunca debería exceder el jornal de un día de salario de un obrero o empleado. Pero esta elección sólo será una opción más dentro de la efectiva posibilidad de que las personas opten por descargar o copiar libremente el bien cultural. La decisión final de a cuál medio acudir debe ser una resolución soberana de la persona interesada en la cultura.

8. El principio del mayor beneficio. Aun cuando las copias y descargas libres en Internet pudieran generar un "daño" patrimonial a terceros, el beneficio cultural que se obtiene con ello siempre será mayor en la medida en que se cumple con intensidad con el principio de fomentar, divulgar y acceder al patrimonio cultural de la humanidad. Pensar de otra forma es privilegiar a los pocos por encima de los muchos.

9. Los verdaderos males son otros. El homicidio, la trata de mujeres, el tráfico de niños, la pobreza y la miseria son los verdaderos males que aquejan a la humanidad. Según la ONU, en 2010 hubo 468 mil homicidios en el mundo; se estima que 3 mil 500 millones de personas viven en la pobreza; en su informe de 2009 la ONU localizó más de 2 mil 400 víctimas de la "trata de personas" secuestradas como esclavas sexuales; en algunas zonas de África 30 por ciento de los niños sufre desnutrición aguda y seis personas (entre niños y adultos) mueren de hambre al día. Por ello, resulta un discurso tramposo y encubridor pretender que la libre descarga de bienes culturales es un mal.

10. Contra el intermediario-comerciante. La cultura no necesita de intermediarios que reducen los bienes culturales a mercancías. La cultura es demasiado importante para dejarla en manos de los comerciantes que equiparan simplistamente los bienes culturales con los "gansitos". Un intermediario de esta naturaleza nunca comprenderá la diferencia entre una obra de arte y un rastrillo desechable. Lo que el mundo necesita es mayor apoyo de los gobiernos de todos los países para los artistas, creadores y poetas, así como instaurar las condiciones para la absoluta libertad en la movilidad de los bienes culturales.

*Poeta y filósofo. Actualmente es investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana-C.

contacto: enriqueggallegos@hotmail.com
 

 

publicado incialmente en www.jornada.unam.mx/2012/07/24/opinion/020a1pol

 

 

Etiquetas: Debate

Comentarios

Teresa Puppo escribió el 12-ago-2012 a las 22:10
Apariencias: los esclavos de la imagen. Apuntes sobre la estética del preconcepto (por Saulo di Tarso) –que deviene en el padre -o la madre- de todos los males. Teresa Puppo, 2012. La definición de la estética del preconcepto, según las palabras de Saulo di Tarso, la asocio de inmediato con el culto a la imagen, con el exhibicionismo, el falso-self, ,el egoísmo, la fragmentación social, el vacío –que ya es un abismo- de valores en la sociedad de consumo. Esas características de la sociedad contemporánea, con sus desigualdades abusivas, se propagan a través de los mal utilizados medios de comunicación, que conforman la herramienta más importante de adiestramiento de los individuos. Gracias a la tan glorificada globalización, el modelo se reconoce no solamente en países, se reconoce en individuos, y me da vértigo imaginar cuántos serían esos individuos. Si, vivimos en la Aldea Global... Los medios moldean la masa para vender su mercancía; la publicidad está pensada para vender el deseo, para embelesar, generar el yo tengo= yo soy ; y el razonamiento no existe cuando te bombardean y moldean tus deseos y tus necesidades (necesidades de amor, de aceptación, de integración, pervertidas y convertidas en el yo quiero), prácticamente desde la cuna, fabricando tus sueños; el aculturado quiere ser como el objeto de su deseo que lo seduce desde el monitor, porque piensa que de esa forma, cuando lo tenga y lo fagocite, va a ser (como-si fuera ), se va a transformar y va a sentirse como su ídolo mediático de turno, dado que hay una terrible confusión y es más importante parecer que ser. Y la confusión arrastra consigo la certeza absurda y el convencimiento de que el simulacro, en una pretensión que linda con lo mágico, se tornará realidad. Como si ese parecer, de alguna forma, certificara el ser. Vivimos en la Aldea Global, pero ¿qué diríamos de América Latina, y del Tercer Mundo? Porque futilidad, banalidad, superficialidad, trivialidad, vulgaridad -y podemos seguir colocando epítetos- hay en todo el mundo, primero, segundo, tercero, cuarto, quinto, siempre que esté globalizado. Podríamos decir que sería universal si tuviéramos la certeza de que hay seres humanos globalizados en el resto del universo. Lo más lamentable es que además de dejar que aumente la pobreza y la ignorancia en la que sigue hundiéndose el Tercer Mundo (según los títulos centristas, o sea, Nuestro Mundo), compramos con alegría banalidad globalizada. Porque eso es lo que ha logrado la globalización –sin un pelo de inocencia. Y compramos tecnología, compramos chucherías, renovamos nuestros programas, luchamos contra la piratería informática, pagamos sus derechos de autor, los precios de sus fármacos, bailamos al son de su música, usamos sus marcas, copiamos su forma de vestir, miramos sus programas de TV y de cine basura, consumimos su información mediática, aceptamos sus guerras sucias. Y mucho, mucho más, y cosas mucho, mucho más feas, como todos sabemos, pero alcanza con unos ejemplos. Y como las reglas las pone el Primer Mundo, seguimos sus reglas, ¡cómo no! y compramos el deseo, el espejito nuestro de cada día –sí, seguimos comprando espejitos, con la diferencia de que en vez de pagar con oro, o con plata, brillantes, uranio, petróleo, etc., que se lo llevan todo porque supieron provocar guerras y promulgar leyes para convertirse en los dueños legales, y en vez de pagarles con su oro, conservamos y aumentamos deudas impagables que nos esclavizan. Éticamente, no les debemos nada. Y si dejaran de imponernos condiciones, y si un día no compramos más objetos de deseo impuestos... ¿qué sucedería con nuestras políticas culturales? ¿No se animarían nuestros representantes a definirlas -según nuestros ya declarados derechos universales- y a llevarlas a cabo? Y nos comemos la carne y el trigo y la soja, y la mandioca y las papas, y los tomates, y nos tomamos nuestra agua, y respiramos nuestro aire. No necesitamos nada del primer mundo. Es el primer mundo el que necesita de nosotros. Para terminar, comparto un texto de un teórico español que admiro, y lamentablemente fallecido: “No más TV. No se trata de negar las cualidades del dispositivo como instrumento de comunicación, de interacción social, de democratización de la experiencia cultural: se trata más bien de cuestionar radicalmente los mecanismos que regulan su existencia real en un contexto de libre mercado (el que hay, ni más ni menos), toda vez que ni existe ni parece que vaya a darse ya más la posibilidad de que su existencia social efectiva vaya a contemplarse, salvo si acaso excepcionalmente (en zonas aisladas como los festivales, ok), en términos de servicio público, como territorio genéricamente protegido por algún proyecto revisado de estado del bienestar, quiero decir. Basta por tanto de acariciar fantasías que nunca se dan, se han dado o se darán, y de amparar y legitimar bajo su paraguas realidades tan nefastas y denigradas como las que, día a día, sufrimos. Se acabó. Pensar en una TV que realice o pueda realizar un servicio positivo a los objetivos de democratización del espacio social es ponerle una vela al aparato de control, poder y desarme ciudadano que más poderosa y terriblemente esquilma en nuestros días el tejido social y evapora en él toda posibilidad de trabajar por un proyecto de democratización concreta, el dispositivo que más sangrantemente estrangula cualquier posibilidad de comunicación auténtica en el espacio público. La pregunta de “qué acción es posible en la esfera pública” no tiene respuesta en el ámbito de la TV -como no sea: anti-TV, microTV, TV no guiada por la ley que “define” a la TV, la ley de la audiencia. Bajo su gobierno, bajo el gobierno de esa ley, la TV no crece ni puede crecer sino como instrumento de control y degradación de la experiencia, como dispositivo de aculturación brutal, como aparato productor de masa ciudadana inerte, negador de toda socialidad. El primer canto, para cualquier mirada crítica que pretenda proyectarse sobre cualquier new media, ha de ser, por tanto, “no más tv”. O lo que es lo mismo: apostemos por una contra-tv, por una anti-tv, por una (no)TV que practique la diseminación proliferante de los microdispositivos de la interacción pública, de las pequeñas unidades de acción comunicativa. Segmentar, micronizar, cortar y dispersar siempre, allí donde la gran máquina capital globaliza, produce imperio, masa humana adormecida. Cualquier ilusión universalista en la producción del dominio público, de la Comunidad Ideal de Comunicación, de la Razón Pública, no viene sino a sacrificarle al populismo demagógico de la universalidad del acceso el propio ejercicio intensivo de la experiencia. Y no hay política –sino demagogia- allí donde se sacrifica lo intensivo a la cantidad. No, no más TV.” José Luis Brea, La era postmedia.

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