
El rosarino Iván Hernández Larguía nos deja. Junto a miles de ciudadanos que se pierden en el anonimato de la multitud cotidiana, fue un militante de la vida que logró socializar con generosidad su capital intelectual y desparramar semillas para construir necesarias herramientas de transformación cultural.
Varios integrantes del Colectivo Wokitoki sostenemos la alegría de haber sido sus alumnos.
Mientras la explotación del hombre por el hombre siga siendo promovida por el Estado de Derecho vigente y las gerencias gubernamentales de turno reproduzcan a diario los detalles criminales del capitalismo salvaje, nos parecen hipócritas los homenajes y las señales de luto. Sin despreciar algunos reconocimientos institucionales que terminan en la mezquina superficie de los diplomas, la ciudad de Rosario queda en deuda con los ideales de Iván Hernández Larguía.