
No parece haber ningún motivo para entender que los “problemas” de la arquitectura-urbanismo no sean los mismos que los generales del ser humano.
Si como dicen diversas teorías nos encontramos en algo parecido a una “era de la comunicación”, y con todas las reservas de desconocer hasta qué punto puede ser esto un panfleto turístico para nosotros mismos como sociedad, no parece sensato obviar la relevancia para la arquitectura de investigar las relaciones entre la ciudad, la comunicación, la opinión pública y la democracia, más allá del paradigma tecnológico que se plantea como “solución” definitiva.
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la coruña | enero 2009
No parece haber ningún motivo para entender que los “problemas” de la arquitectura-urbanismo no sean los mismos que los generales del ser humano. Si como dicen diversas teorías nos encontramos en algo parecido a una “era de la comunicación”, y con todas las reservas de desconocer hasta qué punto puede ser esto un panfleto turístico para nosotros mismos como sociedad, no parece sensato obviar la relevancia para la arquitectura de investigar las relaciones entre la ciudad, la comunicación, la opinión pública y la democracia, más allá del paradigma tecnológico que se plantea como “solución” definitiva.
En la actualidad, y sin la ayuda de los arquitectos-urbanistas, el espacio público ya se expresa continuamente, pero ¿acaso no podemos hacer más “plausible” este derecho ciudadano? Este documento parte de la hipótesis de que una de las acciones necesarias para ampliar la democracia y hacer de la ciudad un modelo de cohabitación más justo y problemático, más accesible y crítico, es poner en escena nuevos modelos de expresión ciudadana que ensanchen las posibilidades de creación de opinión pública en el ridiculizado campo del espacio público “real”.
La opinión pública es un concepto muy amplio y polisémico que incluso ha llegado a ser “negado” por algún sociólogo como medio de justificación de determinadas políticas en consonancia con el poder. En términos generalistas, y siguiendo las investigaciones de Jürgen Habermas, estaríamos hablando de un concepto que parece surgir del filtrado de las opiniones individuales de los ciudadanos y su sintetización en forma de “contenidos y tomas de postura” (1) sobre temas específicos considerados mayoritarios y por tanto, de interés público.
Pero además, como a través de los medios de comunicación que posibilitan esta opinión pública no sólo se forman unas determinadas respuestas a los problemas públicos, sino que se le proporciona visibilidad y sobre todo, prioridad, a unos determinados problemas sobre otros, esta opinión pública no es un concepto radicalmente “neutral”, reflejo de la realidad, sino que además, contribuye decisivamente a su construcción (2).
Por otra parte, la opinión pública es el concepto básico que posibilita el “funcionamiento” de los sistemas democráticos actuales. Hoy por hoy, se trata de un constructo “multimedia” que se genera a través de diferentes procesos y medios de comunicación de escala y ámbito muy variable. Sin embargo, si nos preguntamos por cuáles son los espacios de mediación crítica en la actualidad, no son los medios de comunicación masivos el primer concepto que nos viene a la cabeza, sino más bien, las paredes, los panfletos, las redes sociales a través de internet, etc., es decir, que son los espacios sociales en los que de alguna forma se producen procesos de territorialización por parte de individuos o colectivos, los lugares que enmarcan la producción de opinión pública al margen de los discursos filtrados por el poder.
Las instituciones públicas, de las que podrían esperarse aportaciones en este sentido, tampoco desempeñan hoy por hoy un papel relevante por norma general. Ni una universidad enferma de conformismo y rendida ante la financiación privada e interesada, ni unos museos muertos siempre de novedad o de aburrimiento, ni unos centros sociales municipales vendidos al consenso, pueden poner en circulación ideas constructivas avanzadas sobre cualquier controversia pública, más allá de ciertas disidencias internas cuya repercusión en la opinión pública es por ahora relativa, pero que comienzan a generar otras instituciones alternativas que ya se están reproduciendo por todo el mundo a través de los nuevos medios de comunicación.
Como contrapunto a ese proceso de “fabricación del consenso” (3) que Noam Chomsky lleva años relatando en sus estudios, nos interesan los procesos a través de los cuales los ciudadanos nos damos cuenta de que otros ciudadanos piensan en términos parecidos a las nuestros o nos abren de repente campos de reflexión que no imaginábamos, es decir, nos interesa ese momento en el que los deseos y las subjetividades personales se convierten en algo “reclamable” porque nos damos cuenta de que no estamos solos, de que una buena parte de nuestras preocupaciones individuales también son públicas.
Como los cambios absolutos en un concepto como la opinión pública no parecen una opción considerable, el elemento más problemático que se puede encarar son las “dificultades” a la hora de filtrar la información y las opiniones que se hacen públicas. En este sentido, ya no confiamos en los sondeos de opinión, las encuestas o los nuevos mapas “2.0” como medios de filtrado adecuados y “completos” de los intereses públicos. Y como reconocemos la relevancia central del hecho de expresarse como ciudadanos para que exista opinión, entendemos que estas “dificultades” se producen básicamente a través de unos medios de comunicación masivos cuyos filtros ya no dan más de sí, ni llegan por sí mismos para hacer “funcionar” a las sociedades “democráticas” occidentales.
Además, a través de la relación entre el espacio público y la opinión pública entendemos que las formas emergentes de aparición de opiniones “marginales”, en el entorno virtual y en los espacios “liberados” de las ciudades, así como los rumores urbanos, como posibles equivalentes instantáneos de la tradición oral, o el “sentido común” reproducido a través de las telenovelas y las series “familiares”, por ejemplo, han sacado a la luz cambios radicales en el modelo de espacio público contemporáneo. Un espacio público que 1) ha ampliado sus campos de “existencia” a través de la tecnología y de las diferencias simbólicas que introducen las cualificaciones espaciales artificiales, 2) ha acompañado a la complejización de las formas de interrelación ciudadana producidas por los múltiples cambios socioculturales en los modos de vida urbanos, y 3) acoge a una gran cantidad de nuevos actores socio-espaciales “capacitados” a través de la creciente alfabetización y acceso a información… ¿No significará esto un aviso sobre la demanda de “nuevos” espacios públicos de comunicación que faciliten esa buscada revinculación entre la ciudadanía y la opinión pública?
(1) Cita de Jürgen Habermas en el artículo de Margarita Boladeras Cucurella: “La opinión pública en Habermas”, Análisi: Quaderns de comunicació i cultura (26), Universidad Autónoma de Barcelona, Barcelona, 2001 [disponible en http://www.raco.cat/].
(2) Respecto a este tema se recomienda el artículo: FERNÁNDEZ STEINKO, Armando; “Cómo se definen los problemas: el caso de las inmobiliarias en España”; Boletín CF+S (34), Instituto Juan de Herrera, Madrid, septiembre de 2006 [disponible en http://habitat.aq.upm.es/].
(3) Se recomienda en este sentido el documental “Manufacturing Consent. Noam Chomsky and the Media”, dirigido por Mark Achbar y Peter Wintonick en 1992 [disponible en http://youtube.com/ y en http://video.google.com/] y basado en el libro “Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media” publicado en 1988 por Noam Chomsky y Edward S. Herman.