
Hay una estrecha relación entre hacer calles y hacer sociedad, entre las calles y la linealidad artificiosa con que se interpreta la Historia.
Las calles pueden convertirse en signos, enigmas, pruebas y en un montón de artilugios intelectuales de cualquier pelaje; pero antes que nada, son parte indispensable de nuestra cotidianeidad.
CONOCER. No nos conocimos con Claudio “Pocho” Lepratti. Jamás hicimos una tarea concreta juntos, ni compartimos una rueda de mate ni debatimos acerca de algún problema a resolver. No nos conocimos en el sentido que la opresora civilización occidental y cristiana le da a la palabra; en ese significado de áspera posesión, de pretendida exactitud y contacto material que se le da al verbo conocer. Pero estábamos y estamos cerca, al igual que con otras compañeras y compañeros con las que caminamos las interminables calles de los sueños. Y de la vida. Y de Rosario.
Habremos compartido el paso de varias marchas, muchas veces nos habremos cruzado sin registro por las veredas de nuestra ciudad pero hubo un lugar (que era nido más que lugar) donde seguramente estuvimos muy cerca en el 2001. Fue en el Centro de Capacitación Laboral de ATE. O ATE-calle Corrientes.

LUGAR. Rosario es un lugar con muchos lugares. A principios de ese año, escuchamos por radio Universidad que había una reunión en la que se convocaba a los artistas rosarinos para realizar algo por el 24 de marzo, una muestra o una cosa así, que se iba a llamar “Galpón Abierto”. Fuimos y la experiencia de “Galpón Abierto” fracasó como espectáculo, pero fue feliz en cuanto a encuentro y a posibilidades de movernos.
Estábamos en la necesidad de actuar y en la búsqueda de pensamientos nuevos. Era una inquietud que estaba en el aire, pero no cuajaba porque no existía el lugar de encuentro. Pudo haber sido en muchos sitios, pero fue en ese local de ATE que Gustavo Martínez (su secretario de organización) socializó, muchas semillas encontraron tierra para poder germinar. Sin más condicionamientos que los de la vida.
La experiencia de ATE-calle Corrientes fue indicio de otra ciudad, de nuevas ideas y haceres que se iban dando como nuevas formas, pero continuando y trabajando el legado de los setentas. Y de todas las rebeldías habidas por estas tierras, desde los pueblos originarios que alzaron sus lanzas contra los invasores españoles alrededor del fuerte Corpus Christi en la desembocadura del Carcarañá, hasta los que buscábamos un nuevo andar en la lucha.
Así, en el Centro de Capacitación Laboral de ATE se reunían alrededor de una veintena de diversas organizaciones gremiales y sociales, muchas veces con posiciones ideológicas encontradas, pero que sostenían la misma afinidad de superar la injusticia social.
PALABRAS DE URGENCIA Y NECESIDAD.
Si tuviéramos la locura responsable
de escribir una sola palabra justa
en la distancia
que hay entre el obrero y la herramienta,
la poesía sería una transformación permanente,
imitada por la semilla para ser planta,
por la flor para ser
semilla por la realidad
para ser
sueño
en la vida
del Pocho Lepratti
Uno escribe porque no encuentra otra forma de respirar. Éstas, eran palabras que se estaban trabajando desde hacía tiempo y no se terminaban de resolver. La injusticia de la muerte de Claudio apuró el trámite. Aún así, la satisfacción de la sola escritura no brinda la certidumbre del valor social de lo escrito.
CALLE. fr., Rue; it., Via, calle; i., Street; a., Strasse (del latín callis, senda). f. Camino entre casas o paredes por el que se transita en poblado. // Pueblo pequeño que depende de otro principal y que participa de sus privilegios (ant.). // Impr. Línea de espacios vertical u oblicua que se forma ocasionalmente en una composición tipográfica y la afea. // - de árboles. Espacio o camino entre dos hileras de ellos. // - pública. La de uso comunal // Hacer o abrir calle. loc. fig. Separar o separarse la gente para dejar paso.
No sólo la teoría del valor está en crisis, vivimos en una época donde las más sencillas palabras pierden sus significados. Y más que perdidos, los significados son saqueados según las necesidades de los opresores. Transcribo lo que se puede leer en un diccionario de 1.977 sólo para tener una referencia. La realidad no vive en las academias.
Tal vez, calle fue la primera palabra que el hombre escribió sobre la tierra. Antes que las pinturas rupestres, antes que el uso del fuego y los utensilios rudimentarios, antes que la palabra misma. Al erguirse, caminar y usar el mismo sendero varias veces y en forma colectiva, dejando sus huellas, los hombres y mujeres primitivos empezaron a escribir su continuidad en el espacio y el tiempo en la porción local del infinito. Cubriéndolo de senderos. Travesías que fueron parte esencial en la exploración de esa supuesta ajenidad: la naturaleza.
Hay una estrecha relación entre hacer calles y hacer sociedad, entre las calles y la linealidad artificiosa con que se interpreta la Historia.
Las calles pueden convertirse en signos, enigmas, pruebas y en un montón de artilugios intelectuales de cualquier pelaje; pero antes que nada, son parte indispensable de nuestra cotidianeidad.
Y lo cotidiano, es ante todo el presente viviéndose en nuestra ciudad.
Tal vez haya muchas calles Lepratti. Nunca estarán en ningún plano. Alguna abarque un itinerario que jamás se transitó. Y otra nazca en Ludueña y muera en Las Flores (o al revés), haciendo un recorrido parecido al que hacía Pocho cuando iba al laburo. ¿Era el mismo todos los días? ¿En algún tramo se podía volar? ¿Tenía desvíos o paradas? ¿Era laberíntico o invisible?
Lepratti es una calle viva.
Como una palabra nueva.
PALABRA Y PODER. Nunca leí a Spinoza, pero leí que dijo que “el poder es el lugar de la tristeza y de la impotencia más absoluta”. Está bueno eso. Y continuando con esa idea se puede decir que la libertad no puede existir (ni existió) en ninguna forma de poder. Hay momentos en que el poder abre un poquito más la canilla y deja caer algunos chorritos más de relativa independencia. Pero la vuelve a cerrar apenas puede.
El poder es lo que cercena la vida.
La palabra es incisión en el infinito, devenir en la nada, suceso en la vida.
Gustavo Martínez me contó que el Pocho escribía cosas en servilletas de papel, en cualquier hoja que encontraba y las guardaba en un armario. Tal vez con la esperanza de juntarlas, recopilarlas, hacerlas herramientas para compartir. Tal vez tenía el sueño secreto de ser escritor.
El poder habla pero no escucha. Desde la Biblia al Contrato Social, usa la palabra sólo la ejercer la esclavitud bajo la hipócrita apariencia de ser el “orden” menos injusto.
Rodolfo Walsh en 1969, después del Cordobazo, escribió: "Cuando cuarenta mil hombres y mujeres salen a la calle, como en Córdoba, un héroe es cualquiera".
Pero cualquiera no es un héroe. Cualquiera no se anima a serlo. Cualquiera no se atreve a hablarle al poder, a enfrentarlo sin más armas que la sola palabra.
Cualquiera no tiene huevos para gritarle a la cana asesina: “Hijos de puta, dejen de tirar, ¿no ven que hay pibes buscando comida?
Salvando las distancias, el Pocho gritó el 19 de Diciembre del 2002 lo mismo que Rodolfo Walsh había escrito el 24 de marzo de l977 en la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. Fueron hombres que no se callaron la boca. Y en esencia, los mataron por lo mismo.
Por atreverse a “hablarle” al poder.
El poder no dialoga, no acepta más palabras que las propias de la muerte.
ALEGATO DE UNA BICICLETA. Soy una bicicleta rodado 28 tipo inglesa, negra, de hombre. Como dicen ustedes.
Tengo casi nueve años, edad más que respetable para una de nosotras. Tres veces me cambiaron la cadena y el piñón, cinco las cubiertas. Los frenos me funcionan bien. Aunque una de las pastillas de mi rueda trasera está gastada y habría que cambiarla. Pero como están las cosas, no se sabe cuándo.
Una bicicleta común, como cualquiera, capaz de poner en desequilibrio a la quietud. Aunque madura, estoy en buen estado y tengo mis capacidades íntegras. Puedo defenderme sola en todo ese tonto bardo que armaron unos burócratas que gobiernan para una sociedad que ya no existe.
Todos opinaron, todos se metieron en la polémica de la legislación de las bicis. O del cambio de nombre de las calles. Pero nadie se preocupó por saber cuál era nuestra opinión. ¿Acaso no éramos también protagonistas del asunto? Claro, todo parece estar siempre tan lejos de la vida, tan inconscientes están todos en medio de la locura de la miseria; que no se dan cuenta que tenemos alma, sentimientos, raciocinio. Se creen que somos nada más que piezas de metal, goma y plástico. Un frío cuadro de tubos, un manubrio y dos ruedas. O cualquiera de esas brillantes basuras descartables con que intentan aturdir el vacío de sus días. No, las bicicletas somos las herramientas menos máquinas de la historia. Algo así como un descuido de la naturaleza, una cariñosa fuga de la técnica. En nosotras,
el músculo se amalgama con el mineral, la distancia se mixtura con el tiempo, el
sueño armoniza con la realidad.
Fuimos soñadas por miles de hombres anónimos hasta que un día Leonardo Da Vinci nos dibujó. Tardamos unos 400 años en aparecer tal como nos vemos hoy, tan prácticas, inocentes, hermosas y elegantes. Estamos en todo el mundo, somos algo verdaderamente socialista (aunque ya no sé qué significa esa palabra), una forma de la libertad, un ejemplo de democracia directa. No hacemos discriminación de ningún tipo, nos complementamos con los niños y los viejos, los ricos y los pobres, los hombres y las mujeres, los homosexuales y las lesbianas, los judíos y los musulmanes. Nosotras sabemos que sólo existimos al andar y que andamos sólo con esa parte ajena y nuestra que son los humanos. Nosotras y ellos somos parte de la misma persistencia. Somos como una metáfora del amor. Eso, una entrega desinteresada y recíproca.
Nací en un taller cerca de Oroño y Circunvalación. No sé si todavía estará, hace mucho que no paso por allí. Unos días más tarde me subieron a una camioneta y me dejaron en la vidriera de una bicicletería de España y Pellegrini. Allí conocí a la Gringa, mi primera dueña. Digo dueña para que me entiendan, nada más. Nosotras no somos propiedad de nadie.
La Gringa se llamaba Lorena y estudiaba Bellas Artes. Era de un pueblo del norte santafesino me parece, San Guillermo. Y cada vez que podía, aprovechaba los feriados largos para ir a visitar a sus padres. Yo la extrañaba entonces. Una se encariña. La Gringa era un dulce, una flaquita rubia y etérea, tan frágil que casi no pesaba sobre mí. Íbamos a todas partes. Vivimos casi dos años y medio juntas. Ella me dejaba atada en el patio de la facultad junto a otras bicis. Allí lo conocí a Javier, quién me desató una tarde y me llevó a la Cerámica.
Esa tarde Javier discutió con su hermano porque no quiso que me incluyeran en el trueque de unos porros. Dijo que me necesitaban para ir a buscar cartón a la calle San Luis. Me disfrazó un poquito, me puso unos calcos en la horquilla, me sacó la gomaespuma que me cubría el manubrio, me intercaló unos cidís en los rayos y me quitó el portaequipajes delantero, donde la Gringa ponía sus carpetas
y láminas.
Javier tenía casi treinta años y era un tipo laburador. Con lluvia o con sol, en
invierno y en verano, durante 3 años, al atardecer cortábamos por Molina hasta Travesía y de allí al Cruce Alberdi. En quince minutos estábamos en el centro. Los empleados de las tiendas de calle San Luis ya nos conocían, nos guardaban los papeles y el cartón. Había que estar a horario para no perder la cuadra. Pero después, cuando el dólar estuvo barato, el precio del papel fue bajando mucho, hasta casi no valer nada. El papel nuevo que traían de Brasil costaba menos que el reciclado. El cirujeo no daba. Javier me cambió por un radio grabador a unos chicos que reventaban casas de fin de semana en Baigorria.
Esa etapa de mi vida fue cualquierita. Iba de mano en mano, nadie me cuidaba. Allí fue cuando en un raje, me llevé por delante un bloque de hormigón, y se me descentró la rueda delantera. Y nunca la arreglaron bien. También se me oxidó el manubrio, por dejarme siempre tirada contra el cerco de alambre tejido. O en cualquier lado, no quiero acordarme de las heladas que pasé a la intemperie.
Ahora, hace tres años que estoy viviendo en la Sexta, en la casa de Gladys. Me cuida mucho. Y a veces me habla, me cuenta cosas. De cuando tenía trabajo y un amor. Todos los días vamos al club del trueque de la Pérgola. Gladys hace mermeladas. De todas las frutas, son muy ricas a pesar de que le pone mucha calabaza y papa del aire. Yo duermo bajo el alero del pasillo junto a una Graciela que, aunque es más viejita que yo, la quiero como a una hija. Una mañana, mientras íbamos para el centro, me enteré de todo. De esos reglamentos.
Quise alzar mi voz para denunciar el genocidio silencioso que se tramaba en el estúpido proyecto. Había algo sucio y oscuro en el supuesto intento de terminar con los “riesgos” del ciclista. Algo más que una simple ordenanza que nos obligaría a llevar bichito de luz, ojos de gato, espejo retrovisor, refractarios en las pedaleras, timbre y código de barras. Estaba segura que ese iluminado señor no sabía ni cuánto costaba el parche y la solución, ni arreglar una pinchadura con hilo.
Debajo del barniz de lo “políticamente correcto”, detrás de la esquizofrenia
civilizante hay algo más que un prejuicio encubierto en un reglamento desubicado. Los desocupados de hoy, son los desamparados de siempre. Pobreza y racismo siempre van juntos. Los desocupados son los indios, los negros y los “cabecitas” de ayer. Las bicicletas somos para esta gente como caballos de los gauchos. Por eso nos atacan. Dicen que legislan y sólo descuartizan la libertad.
Las bicicletas somos distintas e iguales a la vez. Tal vez por eso el Pocho nos eligió para andar la vida. ¿Y qué quieren que les diga?, yo siento una alegría especial cuando con Gladys vamos por la calle Lepratti. Es como si nos moviéramos por un tiempo más limpio. Siento lo mismo que sienten los chicos cuando andan en bici por primera vez. Es como si anduviéramos por una ciudad nueva, aunque sigamos andando en la vieja. Como si el presente y el pasado fueran simultáneos, y en esa simultaneidad, se nos ofrecieran adelantos del futuro.
APUNTES SOBRE LA BELLEZA Y SUS ALREDEDORES.
El arte es trabajo: el trabajo de la búsqueda infinita de la belleza.
Salvaje, ordinaria y cotidiana, la belleza está en cada uno de nosotros y en la naturaleza que nos rodea. Es una utopía salvaje y desnuda. No es dominio de ninguna clase social.
Si hay hambre, es comida. Si hay miseria, es trabajo.
La belleza no tiene fórmulas exactas: es algo muy parecido al amor.
Nadie es inocente en el arte, pero no todos somos culpables.
El laburo de un artista no se diferencia del de un tornero o un programador. Un artista, un albañil y la chica que maneja la fotocopiadora producen a la vez cosas muy diferentes e indispensables para el goce de la belleza.
No hay belleza sin identidad. No hay utopías sin tradición.
El arte está vivo sólo cuando la forma no se diferencia del contenido.
La belleza es un animal llamado mujer que duerme conmigo algunas noches.
El artista hace comulgar el sueño con la realidad.
Hoy la belleza está en cautiverio. A lo largo de la Historia, el Poder ha contaminado la naturaleza y ha prostituido a los artistas convirtiéndolos en ávidos mercenarios, en serviles creadores de obras que representan los valores y puntos de vista de la dominación.
Encarcelada por el poder fue trasvertida en algo exótico, corrompida hasta el hermetismo y violada hasta ser un inaccesible bien de cambio que, puesto en el mercado, sólo puede ser gozado por una élite auto distinguida.
La belleza no sólo es cautiva del Poder, también es víctima de nuestras mierdas íntimas.
Es una utopía universal y local, individual y social al mismo tiempo. Es una
gota de sudor con pasado y futuro, el presente siempre es la realidad.
En síntesis: la belleza es un gol de Ñuls en el arco de Central.
Es un deseo, un pecado maravilloso pero jamás será un crimen.
El arte es un síntoma de la lucha, no tráfico de belleza envasada.
En una huerta comunitaria o en un corte de ruta, hay más belleza que en mil perfomances del Centro Cultural Parque de España.
En este presente signado por la dependencia, la invasión cultural nos asfixia con bellezas clonadas. El trabajo siempre es transformación de la realidad.
La responsabilidad del artista es resistir creando bellezas indomables, mimetizarse desde el pueblo abrevando sus tradiciones y laburar junto a todos los que sueñan y combaten para liberar el porvenir. Desde el ahora.
MEMORIA. Uno de los espacios que se reunían en ATE-calle Corrientes, era un taller de memoria integrado en su mayor parte por estudiantes universitarios que hacían militancia social. Nos habíamos conocido en el Museo de la Memoria. Nos habíamos corrido de allí por profundas diferencias ideológicas en los días previos al 19 y 20. Estábamos haciendo una investigación sobre el CCD La Calamita. Nos cubrían un montón de interrogantes y vacilaciones junto con las certidumbres de lo que “no” queríamos hacer.
¿Qué es la memoria? ¿Una cápsula de tiempo en poder de los sectores dominantes? ¿Un saber que sólo conserva la parte “lúcida” de la sociedad? ¿Un cadáver momificado que algunos exhiben como un trofeo? ¿O es una construcción
viva, problemática, inacabable y colectiva; que no se puede congelar en ninguna institución? ¿La memoria es un ejercicio hipócrita para sostener el status quo por decreto municipal, una travesura del “progresismo político”, o es una herramienta que puede ser usada para ser individuos plenos en una sociedad más justa?
¿Y qué es el tiempo? Porque tampoco se puede “hablar” de memoria sin dejar de pensar al tiempo como fechas, segundos, minutos que se pueden medir con máquinas medievales. El tiempo no es lineal, no se puede analizar como una muestra de sangre y cualquier “conclusión” o “síntesis final” que sobre él se tenga será imperfecta. Siempre
¿Y cuando empieza el pasado?
La memoria no es retórica de la represión. El Terrorismo de Estado no es virtud de las dictaduras, existe en todas las formas del autodenominado “estado de derecho”.
Estábamos debatiendo todo esto, cuando se nos ocurrió atrevernos a cambiarle el nombre a la calle que homenajea al genocida Julio Argentino Roca por el de Pocho Lepratti. Nos entusiasmó. Las ideas justas y necesarias entusiasman. Se materializan sin trámites burocráticos.
Y lo hicimos.
No nos desesperamos por hallar las elucubraciones (como algunas de las que escribo) que fundamentaran la acción.
Lo haremos cada vez que lo consideremos necesario, lo hicimos, lo hacemos. Con ese desparpajo que jamás recibirá títulos en las academias, con ese gesto que no es representación sino esencia, con ese aire que está más inmediato a la vida que a las supuestas ciencias.
Hoy una calle se llama Lepratti.
Cuando le cambiamos el nombre, no sólo estamos alzando una vida. Estamos diciendo que no podemos seguir andando por una calle que festeja a un
asesino que, con el Remington, el ferrocarril y el telégrafo masacró a los pueblos originarios de estas tierras para que el imperialismo inglés iniciara la explotación que hoy continúa Estados Unidos de Norteamérica. Estamos diciendo: “Hijos de puta, dejen de tirar, ¿no ven que hay pibes buscando comida?
NOMBRE. Mi abuelo le seguía diciendo “Plata” a la calle Ovidio Lagos y “Sunchales” a la estación Rosario Norte casi 50 años después de que la burguesía en ascenso las renombrara. Nosotros le decimos Lepratti a la calle Lepratti antes de la calle se llame así. Cuando se le cambian los nombres a las cosas es difícil acostumbrarse.
Uno nombra las cosas y de alguna forma las limita, las delata. Y el poder (en cualquiera de sus formas), nunca está saciado y siempre está al acecho, las ubica y las sojuzga.
Tal vez por eso planteamos que el cambio de nombre fuera efímero, anónimo y “de hecho”(no necesitamos que los gerentes de turno nos legitimen, pero tampoco les queremos imponer a los demás nuestras ilusiones reales).
Alguna vez, creímos que para vivir en plenitud había que tomar el poder por asalto, ser vanguardia, organizarnos en partidos. Y aún en nuestra honestidad, reproducíamos el mismo sistema que queríamos combatir. El poder no se toma ni se construye, el poder siempre “te” toma y “te” destruye.
La calle Lepratti es vislumbre de la ciudad de los sueños en medio de la ciudad de las pesadillas. Es presencia del devenir en el ahora.
Al nombrar la calle Lepratti, vamos aprendiendo a caminar de nuevo entre la tradición y la novedad, vamos haciendo visible esa ciudad imposible donde hay una, dos, tres, muchas calles Lepratti.
INTERVENCIÓN. Hay algunos momentos felices donde nos desprendemos de la mugre de las apariencias y nos bañamos en las esencias. Es un paso perdido que nos hace encontrar en el espacio. Allí la vida no se diferencia de la vida.
Así, en el local de ATE-Corrientes fuimos organizando el cambio de nombre. Un compañero nos hizo unas fajas de papel en serigrafía que decían “POCHO LEPRATTI” en el mismo matiz azul y con igual tipo de letras usado por el poder hecho municipalidad. A eso les sumamos unos afiches tipo A4 para darle al vecino que se asombrara con el cambio, alguna información de nuestro por qué. Explicábamos que nos negábamos a seguir caminando por una calle que homenajeaba a un genocida y que queríamos caminar por una calle que recordaba a uno de los fusilados por la policía provincial del gobernador Reuteman en las calles rosarinas durante el 19 y 20.
Se discutieron las leyendas que iban a llevar los afiches. Se decidió cambiarle el nombre a todas las esquinas, desde Avenida Pellegrini hasta Brown. Y para que durara más, se resolvió hacerlo un jueves 18, para que durara todo el fin de semana y coincidiera con una marcha que organismos de DDHH hacían por el esclarecimiento de los crímenes de Reuteman.
A nuestro espacio inicial se iba sumando gente identificada con la acción. Uno traía un paquete de harina sacado de los que usaba para hacer el pan con el que se ganaba el pan, otro traía una escalera, otros ofrecían sus teléfonos celulares, otros buscaban tachos y pinceles, otros cocían el engrudo con la receta de un veterano setentista. Había esa insondable felicidad que se da cuando se realiza un deseo íntimo compartido con gente desconocida. Había ese aire de “minga” y como dice el poeta Agüero, “nadie era el amo allí; todos eran obreros con la luz en el pecho del hombre solidario; nadie mordía el agrio rencor ni la amargura del que siente en el cuello el dogal de proletario”.
En menos de media hora, una calle cambió de nombre. Participaron muchos compañeros de distintas generaciones. Y todos regresaban al lugar del reencuentro con la alegría más grande
¿Fue arte? ¿Fue un acto político? ¿Fue un ejercicio de memoria? Fue todas las cosas a la vez, la vida es una continuidad sin compartimentos estancos. Fue un acto colectivo de resistencia a la mutilación, creando en lo viejo signos de lo nuevo . Sin autor individual. El anonimato no significa la ausencia de autor, sino la ausencia de palabras, de formas de organización que identifiquen nuestro “poder ser”. Un gesto de fidelidad a la vida ddesconociendo de los signos del poder e instalando la vida (el movimiento) en la supuesta eternidad del status quo dominante.
Todos somos cualquiera y cualquiera puede ser como Pocho. Si les ponemos el cuerpo a los sueños, podremos andar hacia la plenitud original con la búsqueda de nuevas formas de relaciones humanas. Por una calle de otra ciudad en la misma ciudad.