
El 2 de abril de 2008 se inauguró en Rawson, Chubut, el primer museo estatal del país dedicado a la guerra de Malvinas. El guión curatorial, desarrollado por un grupo de historiadores, despliega una rigurosa serie de reflexiones sobre el pasado, presente y futuro de la guerra.
“La conducción militar de esta guerra la tiene el gobierno argentino. Debemos estar incondicionalmente en su mismo campo militar (...). Que militarmente estemos a su lado en forma incondicional, no significa que depositemos ninguna confianza en él ni que le demos apoyo político”.

Con semejante laberinto retórico, el órgano Palabra Socialista intentaba justificar lo injustificable: su alineamiento con la peor dictadura de la historia argentina, a la que la guerra de Malvinas parecía volver no sólo aceptable, sino incluso necesaria.
Aparte del despliegue de argumentos retóricos tan absurdos como reveladores en su contradicción –como esa frontera indemarcable entre lo militar y lo político en un Estado de facto gobernado por militares que hicieron de la política la guerra más sucia de todas– el artículo es un buen ejemplo de algunas cuestiones clave que atravesaron a la sociedad argentina y que estallaron con el desembarco militar en las islas el 2 de abril de 1982.
Hace poco más de un año, precisamente el 2 de abril de 2008 se inauguró en Rawson el primer museo estatal argentino dedicado a la guerra de Malvinas. El guión curatorial planteado por los historiadores Gabriela Braccio, Patricio López Méndez y el especialista en Malvinas Federico Lorenz, desarrolla, ante todo, preguntas…


Revista Figuritas, 1939
Por ejemplo, la plaza llena el 2 de abril: ¿cómo se llegó a eso? ¿Qué mecanismos invisibles, o no tanto, moldearon durante décadas la mentalidad de miles de argentinos a los que una escaramuza efímera e irresponsable les bastó para pasar, en sólo tres días, de la masiva convocatoria de repudio a la dictadura el 30 de marzo, a otra igualmente masiva aclamando a Galtieri?

Billiken, 1966

Quizá una respuesta nos la dé, por ejemplo, un abrumador despliegue de revistas infantiles, manuales escolares, publicidades, etcétera, que desde niños nos han enseñado que ser un buen argentino –o sea, un inmejorable ser humano– implica entender la nación como un territorio a ser defendido, y que el militarismo es la mejor, la única, manera de hacerlo.

Chicos de la guerra. Argentinos a vencer. Les presentaremos batalla. Raza de héroes. Seguimos ganando. Por qué perdimos. Las veinticuatro horas de las Malvinas Argentinas. Sólo le pido a Dios. No bombardeen Buenos Aires. Quiero conocer el mar. Fuera los piratas. Viva la Patria. Thatcher bruja. Que venga el Principito.


Zapatillas aplastadas y embarradas, uniformes, Gente y Radiolandia, Convicción –el diario de Massera– y Resumen Latinoamericano –la voz de los exiliados–; donaciones al “fondo patriótico”, pelotas de fútbol, televisores con el fantasma congelado de Galtieri, discos de Spinetta y los Chalchaleros, armas de juguete, pertrechos de verdad, soldados de mentira. Huellas, preguntas y testimonios lanzados al aire que nos devuelven, más que responderlas, las preguntas de por qué, para qué, cómo.