Demoliendo delirios

Demoliendo delirios

Por Alberto Raúl Hilal (*) // 24 de diciembre de 2009

 Acerca de la demolición del edificio de la ex Escuela Prilidiano Pueyrredón,

actual Departamento de Artes Visuales (IUNA)

Sabemos que con liviandad van y vienen mails que ignoran qué es lo que sucede y solo aportan dudas y señalizaciones sin controlar certezas ni resolver demasiado, creando relatos convencidos de que “no hay hechos, solo lecturas”, como si de ese modo se materializara la reiterada cita de Hegel. Pero cuesta trabajo pensar que un estudioso informador pueda tomar como elementos ciertos para escribir la nota “Aciertos y locuras” del suplemento m2 de Página 12 (28.11.09), solamente una cadena de mails, casi anónimos de tanto ser reenviados, sin chequear las fuentes ni a aquellos a los que se nombra, salvo que tuviera un peculiar interés en buscar nuevos delirios argentinos. Por los mails y por el diario nos enteramos de que estarían por demoler “varias partes” de nuestro edificio de la ex Escuela Prilidiano Pueyrredón, actual Departamento de Artes Visuales (IUNA) y que la decisión provendría del Decano que habría hecho aprobar (¿obedientemente?) su proyecto al Consejo Departamental, compuesto por representantes de todos los claustros. Vagamente el autor asegura en la nota haberse enterado por “un espantoso aviso” (¿los mails?) y que se guiaron por la opinión de Basta de Demoler, quienes asegurarían -sin haber pisado la Prilidiano Pueyrredón (¿o sí?)- que no habría docente o estudiante que apoyara ese proyecto de demolición. Y llama la atención que se denoste un proyecto que ni fue aprobado ni habla de demoler ni es tal: el Consejo Departamental y los docentes del Departamento discutieron ideas y alternativas para conciliar la necesidad de preservar el edificio con los requerimientos que hace veinte años tiene la Institución, y a eso nos atenemos.

Un proyecto es el resultado de una suma de acciones que implican un estudio de necesidades, de factibilidades (legal, institucional, económica) y –en el caso nuestro- de construcción de consenso institucional para lograr las necesarias aprobaciones de la gestión de Liliana Demaio en el Rectorado del IUNA, a quien remite el autor de ese artículo y del siguiente “Una semana de alegrías” (m2, 05.12.09), recomendando “menos mal que puede vetar este sin sentido”. Pero a la fecha, en seis años la Rectora Demaio no ha puesto en marcha ni los arreglos aprobados lejanamente para las escaleras en las que se han producido accidentes, ni la restauración de la –alguna vez- bella gradería de mármol, inutilizada hace años, que comunica el cuerpo del edificio con el patio. La Rectora Demaio sí atendió con urgencia al Departamento de Arte Dramático -del cual fue Decana anteriormente- y ni bien asumió o su primer mandato licitó la construcción del edificio sobre la propiedad de la calle French sin haberlo puesto a consideración del Consejo Superior, tal como consta en la denuncia radicada en la Oficina Anticorrupción.

Pero volviendo a las “denuncias”, no sabemos por cuál arte de birlibirloque, la recomendación del Consejo de Visuales para una construcción que solucione problemas institucionales protegiendo el patrimonio se convirtió en una denuncia de demolición del edificio, ni en base a qué examen o estudios en el segundo artículo el mismo autor acusa al Decano de vándalo y de auto considerarse más allá de la ley. Ante semejantes disparates aseverados intentamos encontrar una disposición de la Comisión correspondiente o del Consejo donde se hubiera aprobado y firmado la demolición. Al no encontrarla, deberíamos considerar la pregunta de Chico Marx de si vamos a creer a nuestros ojos mentirosos o a las sinceras palabras desde las anónimas cadenas de mails, de algún blog y de los artículos citados de m2, o tal vez aceptar el pensamiento filisteo que si se nos acusa debe ser porque “algo habremos hecho”.

No entendemos cómo la fábula de la demolición llegó a la Comisión Nacional de Monumentos y por qué tomó intervención sobre algo que no sucedió, ni comprendemos por qué no la tomó por algo que sí comenzó: las intervenciones en el edificio de la ex Escuela Nacional de Artes Visuales de la Nación Ernesto de la Cárcova, que ahora sabemos que no cuentan con la autorización del organismo rector del estado nacional. Sucede que el Secretario de Infraestructura y Planeamiento Edilicio, arquitecto Nicolás Escobari, ocuparía su tiempo en montar operaciones periodísticas, a espaldas de la señora Rectora, contra sus adversarios políticos del IUNA, en vez de ocuparse de obtener los permisos de obra de los organismos que regulan el patrimonio cultural.

El Departamento de Artes Visuales del Instituto Universitario Nacional del Arte existe desde 1987 aunque fue fundado como Academia de Bellas Artes en 1905, y es recordado como la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Es la primera institución que otorgó títulos oficiales de arte. Está dedicado a la formación artística profesional, con Tecnicaturas y Licenciaturas en Artes Visuales, Licenciatura en Escenografía y Licenciatura en Conservación y Restauración, a las que asisten actualmente 6000 estudiantes y en las que trabajan 800 empleados docentes y no docentes. Por ella pasaron, enseñando y estudiando, muchos de los más importantes artistas argentinos desde Pío Collivadino a Pablo Siquier, entre tantos otros.

Posee como edificio propio la sede de Las Heras 1749, obra del arquitecto Carlos Nordmann construida en los primeros años del S XX, donde sobre una superficie de 2054 m2 solo una tercera parte son aulas. El edificio es una tradicional vivienda señorial unifamiliar de tres plantas, con habitaciones mayoritariamente pequeñas, un amplio subsuelo, patio y hall. El conjunto arquitectónico padeció desde su creación muchísimas e importantes intervenciones generalmente desafortunadas en distintos sectores, incluso antes de pasar al patrimonio nacional, como el segundo piso y el subsuelo, difíciles de revertir en su mayoría. En estos años de gestión de la Rectora Demaio, a pesar de los sucesivos pedidos de nuestro Departamento al Rectorado y a su Secretaría de Infraestructura y Planeamiento Edilicio para la reparación y restauración de escaleras, herrerías, persianas y espacios áulicos, no hemos tenido respuesta efectiva, aunque continuamos haciendo el mantenimiento con recursos propios. A los bellos aspectos tradicionales de la mayor parte de las salas y espacios, se contrapuso siempre la incomodidad que plantean las necesidades para la enseñanza de procedimientos artísticos específicos como los talleres de escultura, grabado, cerámica, esmaltado y horneado de vidrio, producción digital y multimedial, dibujo, pintura, escenografía, laboratorios para el estudio de conservación y restauración, salas de proyección para las asignaturas teórico-prácticas y salas de exposición. Cada espacio debe condicionarse con medidas de seguridad para el uso de máquinas y herramientas livianas, hornos, resinas, ácidos, etc. El ingreso al edificio de Av. Las Heras es por medio de una escalera (sin rampa) que salva un desnivel de 2m que pone en riesgo a las personas en posibles situaciones de emergencia y dificulta el ingreso.

En estas últimas décadas, el crecimiento de la matrícula (de 500 estudiantes en 1970 a 6000 en 2009) en las diferentes carreras nos ha obligado a repensar el uso de los espacios con una mirada puesta en el crecimiento sustentable y en la conservación. Con ese objeto, hace 20 años que alquilamos distintos edificios anexos, como actualmente sucede con los cuatro edificios del barrio de La Boca, en los que se realiza la mayor parte de la actividad académica en 5364 m2 cubiertos, de los que los dos tercios son aulas. Por ellos se pagan anualmente aproximadamente $504.000 que se distraen de los fondos limitados de la Universidad a pesar de contar con espacios propios.

Siempre fuimos conscientes del valor intrínseco del edificio de Las Heras, proveniente de su particular estilo y de su reconocimiento para la memoria de los que allí estudiamos y trabajamos, y consideramos que debe ser cuidado y mantenido estratégicamente para la identidad urbanística de la ciudad, como se hace desde las cátedras de Restauración con las réplicas escultóricas que alberga en menor cantidad, semejantes a las del Museo de la Cárcova. Lo pensamos conciliando la necesidad de preservar el testimonio de la memoria colectiva con la dinámica necesaria del crecimiento de la matrícula, para seguir siendo coherentes con el fundamento del legado edilicio. Suponer que nada debe cambiar no es preservar el patrimonio, reclamar sin ayudarnos a resolver las necesidades actuales del Departamento sólo nos conduce a la frustración.


La ubicación geográfica en la ciudad es óptima. Estar a pocas cuadras de las Salas Nacionales de Exposición, el Museo Nacional de Bellas Artes, el de Arte Decorativo, el Centro Cultural Recoleta y la Biblioteca Nacional, y de varias importantes galerías de arte, le facilita su inserción para la exhibición de obras y divulgación de actividades de extensión hacia la comunidad. Pero el edificio está fuera de las normas de seguridad y funcionalidad indispensables para desarrollar las actividades a las que está dedicado. La Prilidiano Pueyrredón es una entidad legitimadora del estudio, de la producción y del pensamiento artístico argentino porque se transformó junto con el siglo, formando docentes y artistas, y es modelo de otras escuelas del interior del país. Por eso llama la atención que el autor de la nota, que ha dicho en otra oportunidad “tengo una indiferencia ante la arquitectura moderna, no logro escribir diez líneas sobre un edificio ni que me paguen una fortuna, puedo pasear todo el día por Puerto Madero y no voy a lograr escribir una nota, sino más bien rezongo sobre qué mala es la arquitectura”, insista en considerar un bárbaro cultural al Decano.

Sería caer también en chicanas baratas suponer una conciencia farisea detrás del/ de los promotor/es de la nota “Aciertos y locuras”, tanto como desconocer que mientras esa dictadura discutía su auto amnistía y si habría o no elecciones, el que hoy es Decano del Departamento, al que Kiernan considera en la nota a la derecha de Galtieri y Sain Jean y acusa solapadamente de Terminator edilicio, peleaba con sus armas profesionales contra los ocupantes de la Casa Rosada junto a los defensores de los derechos humanos para restaurar la democracia, entre otras acciones que hicieron del arte una intervención política de primer orden. Pero si el non plus ultra de la preservación es un decreto de Galtieri, resulta evidente que quienes tienen a su cargo la preservación del patrimonio cultural de los argentinos están en deuda con la sociedad.

En el segundo artículo, “Una semana de alegrías”, a pesar de que la rectora Demaio le dice que no hay tal información sobre la supuesta demolición y de que tal acción no es patrimonio del Departamento, el autor de la nota insiste en su acusación como si obedeciera impúdicamente a una sorda orden de “matar al Decano”.

Las dos notas embarraron la cancha y no aportaron a la discusión, que merece otro nivel de seriedad y, parafraseando una vieja publicidad, marcan su nivel. Ninguna de esas notas podría servir a Sergio Kiernan ni para una futura reedición de su libro Delirios Argentinos, pero exponen de modo magistral su visión sin pruebas de quién es la buena y quién es el malo. O esto es una operación de prensa o debo atenerme al interrogante ya citado de Marx (de Chico Marx).

(*) Secretario General
Departamento de Artes Visuales
Instituto Universitario Nacional del Arte
DNI 10089656

22 de Diciembre de 2009

http://www.genteba.com.ar/infogeneral/notas/infogral_nota.php?id=4814

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