
Entrevista al Director
del Museo de la Memoria de Rosario
¿Dónde están los sueños? Los sueños están allí, en el futuro. Nunca envejecen, cambian según los tiempos. Los sueños son una máquina de producir transformaciones. Los sueños moldean el futuro, le dan imágenes a lo que vendrá. Cada generación sueña su propio sueño y también su propia pesadilla.
Mi barrio es aquel delimitado por las calles Italia, San Luis, Moreno y Mendoza. Barrio donde siempre viví y donde se asentaron mis abuelos maternos, inmigrantes judíos originarios de Siria llegados al país a comienzos del siglo XX. Entre esas calles, me crié, siendo testigo de un universo cultural maravilloso construido entre vecinos musulmanes, cristianos ortodoxos, católicos y judíos que convivían con una amabilidad que aún hoy, cuando la evoco, me emociona. Era un barrio de desterrados, de recién llegados de la otra orilla del mundo, de hombres y mujeres que intentaban cumplir con su sueño americano.
Mi barrio es el templo de la calle Dorrego llamado Shebet Ahim, el pasillo nominado 1929 donde estuvo mi primera casa, la panadería árabe donde mi madre me mandaba a comprar el pan y el sésamo, y la parroquia del padre Saba custodiada por un maravilloso San Jorge que protegía a su comunidad del miedo y la incertidumbre.

El Museo de la Memoria surge por el deseo e impulso de un grupo de organismos y sobrevivientes que hacia finales de los años 90 reclamaban al municipio rosarino la necesidad de que existiera un sitio donde conmemorar lo ocurrido durante los años de la dictadura. Luego, en una segunda etapa, los concejales radicales Daniel Luna y Roberto Bereciartúa impulsaron la sanción de la Ordenanza municipal que crea el Museo y que designa al edificio de Córdoba y Moreno como lugar para que allí funcione la Institución. Es decir, el origen del Museo es una verdadera alianza de impulsos y deseos que reúne tanto la voluntad de sobrevivientes como de representantes del campo político.
La Institución Museo ha cambiado con el paso del tiempo. Ni siquiera dice lo mismo hoy la palabra Museo que hace 30 años. El dinamismo, la interactividad con el público, las relaciones de distancia y acercamiento con la colección que cada Museo ofrece se han, por suerte, modificado.
Un Museo hoy no es una Institución a la que se ingresa ceremonialmente, sino un espacio donde se espera que quien llegue a sus salas también colabore en la construcción del relato que allí se ofrece. Ya los Museos han ido dejando de ser lugares de conservación elitista, bastiones de la alta cultura y las tradiciones como fueron entendidos en el siglo XIX y buena parte del siglo XX, para pasar a ser espacios en los que lo dinámico y lo interactivo ocupan un lugar, sino central, al menos cada vez más importante

El Museo de la Memoria no restringe su misión al relato y recuerdo de los crímenes cometidos por la última dictadura militar. El espectro de su interés es mucho más amplio y el espíritu de su trabajo comprende, desde sus mismos inicios como Institución, hechos anteriores y posteriores a la fecha comprendida entre 1976 y 1983. Es la condición humana, su fragilidad, su amenaza, el núcleo central en torno al cual gira la mirada y la atención de sus actividades y propuestas.
Los crímenes del Diciembre trágico, con sus propias especificidades, pueden y deben entrar como tema de interés (de hecho ya han ingresado a través de mesas redondas y evocaciones en muestras), del mismo modo que lo hacen el relato de otras barbaries, de otros atropellos cometidos en la historia argentina y latinoamericana contra la población civil. Debemos hablar de aquella plaza llena de cadáveres calcinados en las vísperas del 55, de los perseguidos y asesinados por las AAA, de los pueblos originarios que fueron humillados y masacrados en la fatídica Campaña al Desierto. Si todos los relatos no entran en una sola muestra, su evocación, su recuerdo no debe estar ausente en el espíritu general que inspira la Institución.

Por otra parte, el Museo es sensible a otros acontecimientos que tienen o han tenido lugar en otras geografías alejadas de Latinoamericana en las que la condición humana fue o está amenazada. La matriz genocida, para ser comprendida en su verdadera dimensión, debe leerse y estudiarse también en otros contextos políticos y sociales. La vocación de exterminio es, tristemente, un lugar común en la historia de Occidente. ¿Podemos cerrar los ojos ante el recuerdo del genocidio armenio perpetrado por Turquía a comienzos del siglo XX ? ¿podemos ignorar la memoria de esa humillación llamada stalinismo que arrebató la vida y la dignidad a millones de hombres y mujeres, podemos ser indiferentes ante la destrucción de las comunidades iraquíes que hoy soportan la prepotencia homicida de los Estados Unidos, ¿podemos mirar hacia otro lado frente al desangradero que tiene lugar aquí tan cerca en Colombia?. La respuesta es, claramente, no.
El 2010 es un año que podríamos calificar como de transición. Si bien seguimos funcionando en nuestra sede provisoria desarrollando nuestras actividades habituales (muestras en nuestra sala, visitas escolares, consolidación del área documental y bibliográfica), al mismo tiempo trabajamos en la puesta a punto del proyecto a desplegar en la nueva sede de Moreno y Córdoba. Un proyecto que nos entusiasma y que está lleno de dilemas que nos obligan a pensar y repensar día a día cada uno de los espacios y núcleos de trabajo que allí tendrán lugar. Sabemos que cargamos con un compromiso a cuestas y que debemos responder a cada uno de los desafíos que este proyecto nos presenta con una fuerte dosis de responsabilidad.
La fecha que estimamos posible y deseable para la inauguración de la nueva casa es el 10 de diciembre de 2010, fecha en que se conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos y un nuevo aniversario de la recuperación de la democracia aquí en la Argentina.

El cargo de Director del Museo de la Memoria es asignado por concurso público y de oposición. Fui elegido de esta manera en diciembre de 2002. El cargo tiene una duración de 4 años y es renovable - si así lo deciden las autoridades- por 4 años más si es que la gestión satisface las expectativas. Eso fue lo que sucedió en mi caso en 2007. Fue la Comisión Directiva del Museo de la Memoria la que solicitó- atenta a lo que establece la Ordenanza de creación del Museo- esa renovación. A finales de 2010, más precisamente el 31 de diciembre de este año, se cumple mi segundo mandato. Luego de esta fecha la Secretaría de Cultura, de la cual depende el Museo, deberá convocar a un nuevo concurso por antecedentes y oposición al que podrán presentarse todos aquellos que así lo deseen.

Las experiencias durante mi gestión al frente del Museo son muchas, pero destacaría una en particular: demostrar que la existencia de un Museo dedicado a narrar la historia del Terrorismo de Estado y sus consecuencias sobre la sociedad es posible y que es también posible que el Estado se haga cargo de sostener la existencia de este tipo de Instituciones. No es poca cosa. Al fin y al cabo el Museo de la Memoria de Rosario es una de las pocas instituciones que abordan esta temática que ha logrado perdurar con éxito a lo largo del tiempo en nuestro país. Muchas experiencias similares, que nacieron con ideales o misiones semejantes, han fracasado o han perdido la fuerza inicial que les dio impulso.
También destacaría el reconocimiento nacional e internacional que el Museo ha alcanzado en sus pocos años de existencia, el lugar referencial que ocupa para el sistema educativo de la ciudad, los fuertes lazos establecidos con el campo académico, la consolidación de una de las bibliotecas y centros documentales sobre Derechos Humanos y pasado reciente más importantes del país, son también algunos de esos logros. Pero fundamentalmente remarcaría la fuerte amplitud de la mirada que proyecta hacia el pasado en cada una de sus acciones. Alejado de los dogmas, de las verdades consagradas, temeroso de los relatos esclerosados, el Museo entiende que la memoria es una construcción y que los hechos del pasado son pasibles de ser puestos a la luz de la mirada crítica, y por ende, discutidos. Ese es uno de nuestros patrimonios.

En cuanto la pregunta de WKTK, de cuáles serían las razones por las que en los ' '70 se hablaba de historia y desde la post dictadura se empezó a hablar de “memoria”; creo que en los ‘70 la Historia, así con mayúsculas, no era sólo el pasado, sino una página que se escribía día a día. Y las comunidades humanas se sentían constructoras y responsables de ese hacer. Una serie de discursos y de acontecimientos de lo real construían esa atmósfera que daba la idea de estar siendo los protagonistas de algo que habría de ser recordado mañana. Cuba por ejemplo, por poner un caso, regía ese imaginario, lo dotaba de sentido y le daba carnadura. Los postergados y los invisibles podían ser protagonistas, no era poca cosa. Nunca antes había pasado algo así, con tanta fuerza, en la historia latinomericana. Los hechos se escribían - con violencia, con esperanza, con sangre - y al otro día ya estaban en las páginas de los libros de Historia.

En cambio la post dictadura es el tiempo en el que las comunidades salen a recoger los cadáveres dejados por los vientos de la Historia. La dimensión de la barbarie desplegada por el Estado deja decenas de miles de cuerpos insepultos y proyectos truncos. Eso es América latina en los ochenta: una serie interminable de fosas comunes cargadas de cuerpos sin nombre. La memoria entonces intenta restaurar lo que fue arrasado, recomponer las tramas. No es que no exista historia, en absoluto, pero la fuerza de la memoración se impone como deber frente a la evidencia de los ausentes y la dimensión de lo destruido.
La memoria nunca debe imponerse. Las sociedades deben ser invitadas y alentadas a ejercitar la memoria, pero la idea de imposición siempre trae consecuencias negativas por su fuerte impronta autoritaria. Respecto al llamado pasado reciente hay quienes ponen énfasis a la hora de memorar, en los ideales y ejemplos de vida, otros en la dimensión de los crímenes cometidos por parte del Estado. En mi caso personal nunca dejo de pensar que es complejo reivindicar en su conjunto los llamados ideales de la generación del 70. Soy más partidario de repensarlos, de ponerlos en cuestión, de interrogarlos. Siento que de ese modo uno logra sustraer a los ausentes de quedar atrapados en los frisos de bronce, esos lugares en el que los humillados de la historia terminan siendo colocados, mudos y fríos, sin carnadura.

El pasado, todo pasado, puede y debe pasible de ser interrogado, y junto con él, los ideales que impulsaron a las generaciones que nos precedieron. De otro modo no hay aprendizaje ni lección posible de extraer. Idealizar a las víctimas del Terrorismo de Estado implica despojarlas de su dimensión profundamente carnal y humana. No se trata de enjuiciar, sino de interrogar y de hacer que esa interrogación genere preguntas que nos permitan entender la dimensión de lo ocurrido. Por otra parte, poner en cuestión derroteros e ideales de las generaciones pasadas, leerlas críticamente como lo hacen en sus textos Pilar Calveiro, José Pablo Feimann, Héctor Schmucler, Oscar del Barco, Hugo Vezzetti o Beatriz Sarlo no implica nunca convalidar un mínimo gesto por parte del estado autoritario y terrorista. Siempre me gusta recordar ese maravilloso texto de Tzvetan Todorov titulado Frente al límite en el que lee con dureza crítica las acciones que impulsó Mordejai Anilevich, resistente del Guetto de Varsovia, un héroe elevado a la categoría mítica al que él se atreve a repensar en su espacio y en su tiempo. Claro que se trata de una visión no consagratoria por parte de Todorov, pero de esa lectura se aprende mucho más acerca de lo que fue esa revuelta que desde las páginas escritas por León Uris, autor de Milá 18 . Uris erige la estatua y fragua el bronce, Todorov hace vacilar los cimientos de esa estatua y la devuelve al territorio de lo humano.
Por otra parte y volviendo al comienzo de la pregunta, si debiera pensar en un deber de memoria, centraría esa tarea en la memoria de la injusticia, en evitar que el recuerdo de lo injusto sea borrado o desvanecido. La forma más perversa del olvido consiste en privar de significación y de actualidad a la injusticia pasada. Por eso es tan importante el trabajo del legado transgeneracional: cuando los testigos del crimen ya han perecido, es la generación superviviente la que debe relevarlos en el arduo trabajo del recuerdo.

Respondiendo a reflexión abierta por WKTK, de que podríamos afirmar entonces que, cuando los pueblos consiguen justicia social se mantiene la palabra Historia y que, cuando sus luchas son circunstancialmente derrotadas, se habla de Memoria.
Puede ser, pero no hay casos de pueblos que hayan alcanzado plenamente la justicia social, solo acercamientos a ideales de justicia. Y en muchos casos, cuando eso ha ocurrido, no se tardó mucho tiempo en traicionar esos ideales (la parábola de George Orwell es la medida de esto que afirmo) y el siglo XX ofrece, tanto en Europa como en América latina, ejemplos, dramáticos y decepcionantes en este sentido.
Por otra parte, el concepto de memoria tal como lo aplicamos hoy, tal el uso que le damos, es muy nuevo. La fuerza de la memoria que atraviesa a nuestras sociedades está fuertemente anclada a los efectos y consecuencias de la posguerra. Nadie, antes de 1945, pensaba que los muertos insepultos, los que habían sido barridos por los vendavales de la Historia, merecían ser recordados más allá de ofrecerles una placa en alguna plaza pública. Eran hombres y mujeres anónimos, pura sombra de la Historia.
Es en la segunda mitad del siglo XX cuando la lógica y la dinámica de la memoria cambia y produce efectos en las tramas culturales: los museos de memoria son uno de esos efectos o consecuencias, algo impensado en la primera mitad del siglo XX. Hasta los años ‘50, en términos generales, nadie hablaba de víctimas en el sentido que hoy le damos al término, ni mucho menos se pensaba que los muertos y derrotados tenían una historia que debía ser conservada o transmitida como legado para las futuras generaciones. Las víctimas eran vistas como el precio del bienestar presente o de la transición política y allí terminaba la cosa. Los héroes iban al Panteón, el resto, los hombres y mujeres comunes, a las fosas del olvido. Ni siquiera existía un derecho de las víctimas a reclamar su lugar en la Historia. Pasaban las guerras y las revoluciones y sólo se hablaba de cifras.
Algo comenzó a cambiar a partir de 1945 y ese cambio llega hasta nuestros días. Un cambio en el que el Holocausto, como gran ómphalos de la catástrofe de la modernidad en Occidente dejó su marca hasta hoy imperecedera. El esfuerzo por dotar de nombre a cada uno de los asesinados por el nazismo, marcó una impronta fundamental. El siglo XX es el siglo de la visibilidad de las víctimas y esa es, podríamos decirlo, una de las grandes conquistas de las comunidades humanas. No hay más que mirar lo que sucede hoy en España donde se trabaja por darle voz a los olvidados, o en los parajes desangelados de la extensa Rusia donde los descendientes de tantos asesinados atrapados en el olvido comienzan a tallar el nombre de sus predecesores, a volver visible lo que durante años fue arrojado a las tinieblas ( en la última película de Andrei Wajda se condensa esta idea en el personaje de una joven que carga a trasvés de la ciudad con una lapida que lleva tallado el nombre de su padre. Después de 70 años de ocurrido el crimen, no logra poder ubicarla)
El término Holocausto en su acepción literal y como ya se ha explicado tantas veces no alcanza a definir el acontecimiento, pero el paso del tiempo ya lo ha consagrado. A mediados de los años 80, con la aparición de la monumental e imprescindible película de Claude Lanzmann, el término hebreo Shoá comenzó a disputar el lugar de nominación para nombrar la destrucción de las comunidades judías de centro-europa ( si bien desde los años 50 ya era utilizado). Sobre esto hay toneladas de páginas escritas. El término Holocausto, cuyo origen es griego (holos: totalmente, caustón: quemado) carga con una significación ritual sacrificial, en tanto que el término Shoá, extraído de las Escrituras, apela a la idea de catástrofe. Resplandece en la lengua simplemente por ser un término escasamente utilizado antes de que se conocieran las consecuencias del Tercer Reich. Sin embargo hoy en día, tanto Holocausto como Shoá son términos que podrían reconocerse como intercambiables. Por supuesto que ambos poseen en sí mismos connotaciones diferentes (no es lo mismo hablar de sacrificio que de destrucción). Pero si me preguntan si es correcta o no la utilización del término Holocausto diría que sí, el habla ya los ha naturalizado y equiparado.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, el término Holocausto pasó a ser nominativo de otras masacres de magnitud en diferentes regiones del mundo. Hoy es común escuchar que se hable del holocausto armenio, del holocausto ucraniano o camboyano. También del holocausto al que fueron sometidos los pueblos originarios en los años de la Conquista. Se trata de un término al que se apela para advertir que se está hablando de un crimen de grandes proporciones.
Los palestinos por ejemplo, utilizan la palabra Nakba para referirse a ese gran drama humano que se prolonga hasta este presente y que se inició en 1948, en el año preciso de creación del Estado de Israel. Podrían llamarlo simplemente ocupación, expulsión, exilio, pero el término Nakba – que significa catástrofe- , posee una fuerza, una contundencia, una significación difícil de hallar en otra lengua.
En lo personal, a la hora de nombrar el genocidio perpetrado por el nazismo, me inclino por elegir el término Shoá. Me apoyo en la contundencia de su significado, en la fuerza de su enunciación, en el impacto que vocales y consonantes producen en mi espíritu cada vez que lo vocalizo, en el modo en el que en esa brevedad de vocales y consonantes resuena, evocando en mí alma, la dimensión de la destrucción provocada por el nazismo.

¿Cuáles son mis opiniones sobre los juicios a los genocidas que se están desarrollando en nuestro país y sobre el enjuiciamiento al juez Baltazar Garzón en España?
Los juicios contra los perpetradores que están teniendo lugar hoy en nuestro país son uno de los acontecimientos político-culturales más importantes de los últimos años. El que cometió crimen, debe responder ante la Ley, y es una responsabilidad del Estado que cada uno de los responsables responda ante los Tribunales por el daño cometido. Estos juicios, como los celebrados en la década del 80 a las juntas militares, forman parte de nuestro patrimonio moral como nación.
Respecto al enjuiciamiento por prevaricato al Juez Baltazar Garzón podría decir muchas cosas, que se trata de una cacería política, por ejemplo, pero reduciría mi respuesta a una sola frase: España “compró” en los años 70 su bienestar social y económico a cambio de pactar silencio y olvido. Esa es una vergüenza moral de la que la sociedad española debe hacerse cargo. Todo lo que sucede hoy en torno al caso Garzón no es más que un comentario de esto que aquí digo.
¿La pregunta que WKTK no me hizo y me habría gustado responder?
Déjenme pensarla, pero en general prefiero enfrentarme al desafío – y la sorpresa- de la pregunta que me formulan los otros.
Imágenes de Archivo Museo de la Memoria Rosario
Esta nota se complementa con "De qué hablamos cuando hablamos de memoria"
http://www.wokitoki.org/wk/445/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-memoria-1