
Algunas reflexiones sobre el imaginario del futuro a fines del siglo pasado y sus relaciones con nuestro presente
Lo que hemos llamado era moderna posee como una característica esencial el hecho de la circulación de un discurso cientificista laico. La ciencia ha ubicado su objeto en ese mundo que es producto de la experiencia humana. Conocer ese mundo para preveer, preveer para crear un mundo mejor, un mundo mejor para marchar hacia la autotrascendencia humana. En definitiva, la ciencia es el discurso que nos habla del futuro ideal, para llenar el vacío metafísico que nos deja el abandono de los mitos y las religiones de salvación, cada una con su pasado primordial ideal y sus promociones edénicas.
De la imaginación discursiva de ese futuro, la humanidad no tardó en generar también un imaginario (como paralelamente en materia estética surgió un avance de la forma por sobre el contenido). Hay que destacar el aporte de las ciencias sociales en estos dos últimos siglos para intentar develar los vectores de esa imaginación discursiva moderna y sus imaginarios. Sin embargo, para entender los imaginarios hay una dificultad que pocas veces han tomado nota los cientistas sociales; y es que el carácter estético de los mismos imposibilita importar las lecturas hechas sobre los discursos modernos y sus correspondientes características éticas. La previsión hecha sobre los “contenidos” no puede hacerse sobre las “formas” en que esos discursos se revelan. Ética versus estética, una oposición que pide ser comprendida en su relación dialéctica.

El siglo XX por cuestiones obvias ha sido el más estético de la historia. Ha demostrado un ansia de superficialidad interminable, lo que hizo que surgieran las hipótesis conceptuales de “modernidad tardía” y “posmodernidad”. Nuestra hipótesis es que esa superficialidad no es progresiva ad infinitum, y que por diferentes fenómenos sociales y sucesos tecnológicos puntuales, hay una década, los 80, que puede ser leída como el período de mayor licuación de contenido y de la más acabada concreción de éxtasis estético, al punto de convertirse en contenido mismo la acumulación insaciable de formas.
¿Porqué los 80 y no hoy? Porque creemos que a partir de los 90 la conciencia colectiva enfrenta una regresión melancólica, que se activa en el preciso momento en que se enuncia “el fin de la historia” y/o “el fin de las ideologías”. El transcurso de los 80 lleva consigo la previsión –casi científica- de la caída del muro y de la imaginación de un hombre post-político. Es decir, los 80 hacen de su previsión estética su propia ética.
Cuando la previsión es corroborada sobreviene una angustia; la extática y la estática de sentido hace que se recuerde las bondades de la dialéctica política capitalismo-comunismo. Luego, si esa regresión melancólica hizo que efectivamente aparezca una nueva dialéctica, es otra cuestión. Lo relevante en este punto no es decir que asistimos a un simulacro de sentido, sino remarcar que los imaginarios son evidentemente diferentes.
Cuando nos referimos a sucesos tecnológicos puntuales en los 80, no ponemos el acento en el concepto ordinario de “avance”, sino en la forma de asimilación colectiva de esas disponibilidades tecnológicas. La radio, el cine y la televisión, que a lo largo del siglo XX funcionaron como los canales de control de masas, en los 80 entran en su etapa más significativa de simulacro de emancipación del “gusto” y simulacro de libertad de expresión. Aparece la TV por cable, el abaratamiento de la producción cinematográfica acompañando el boom de las video caseteras, la bonanza de la industria multimillonaria del cassette, el VHS, y el flamante compact disc. Estos soportes nos ofrecen un catálogo acotado de productos culturales representando la “novedad” pero encubriendo la “rentabilidad”. También la PC –que no era aún un medio comunicativo- irrumpe masivamente como gadget personal y nuevo símbolo de status, formando parte de una serie enorme de electrodomésticos, los cuales insertan en la vida cotidiana los ideales novísimos de “sofisticación”, “practicidad” y “confort”.
Esta ilusión de emancipación de consumo en general, obviamente llega como corolario de las políticas económicas neo-liberales que adoptan las democracias occidentales de posguerra. Los objetos de consumo se erigen decididamente más como símbolo de status y ceden en su sentido de utilidad. Cada producto ofrece una serie infinita de matices (marca, diseño, tamaño, color) que permite definir las particularidades del consumidor en torno a esa decisión fútil.
Culturalmente en los 80 se monopoliza el imaginario del “american way of life”. La administración Reagan, habiendo tomado nota de ello, ejerce una política de presión policíaca hacia los contenidos artísticos de los productos culturales que se difundían globalmente. Marcando de alguna manera un retroceso en los símbolos de la supuesta liberación sexual y de expresión ganada por la juventud de los 60 y 70. La ilusión de emancipación de consumo no tolera la censura, pero solo superficialmente, porque la realiza a partir de su principio de rentabilidad. Los productos culturales ofrecen sexo y violencia como finalidad encubierta detrás de un mensaje moral conservador, y no son ya el medio de una expresión artística crítica como la que se realizaba en las dos décadas precedentes. Estas tendencias dieron lugar al concepto de lo “under”, de aplicación casi exclusiva en los 80 y parte de los 90.
En el imaginario de los 80 surge también una fascinación especial por la robótica y la biónica. Filosóficamente puede decirse que el hombre se imagina como máquina, en una repetición vacía de su hacer, y sin interioridad o conciencia alguna que lo haga vulnerable. La metáfora hombre-máquina no es casual, al anularse la interioridad (o la subjetividad sin más) se bloquea la dialéctica que permite la conciencia desgraciada. Este imaginario no necesita del simulacro de la comunicación (como sí lo necesitan las décadas posteriores), el hombre-máquina no necesita trascendencia, ella es reemplazada por el valor de la repetición y del infinito (que a la vez también significa el fin del valor).

Los anticuerpos que se generan en las décadas posteriores mucho tienen que ver el concepto “globalización” y el fenómeno Internet, que si bien pueden ser comprendidos como otro capítulo de la ilusión de emancipación, no hay dudas que provocan un nuevo tipo de imaginario. La era digital no es la era de la máquina que imita, potencia y reemplaza las capacidades del cuerpo, la era digital promueve realidades virtuales que precisamente olvidan el cuerpo. Los 80 producían dispositivos aislados o terminales restringidas, hoy en cambio el desarrollo tecnológico apunta preferentemente a la comunicabilidad y a favorecer el concepto de “red”.
Internet y los nuevos dispositivos de almacenamiento de datos generan en cierto grado un efecto de des-fetichización en el consumo de los productos culturales (MP3, los formatos de video comprimido y demás alternativas de descarga on-line), la oferta de esos productos se amplía infinitamente al no acotarse a los pocos canales de difusión disponibles de otras épocas, y al no someterse al principio de rentabilidad que imponían las ahora debilitadas distribuidoras comerciales. Los fenómenos de piratería y la reciente cultura de software libre o copyleft intentan resignificar el concepto de consumo. La interactividad con el medio propone otra relación con la información (y también con la des-información), haciendo que las estrategias de poder diversifiquen métodos de control de masas, volviéndose así menos identificables.
La crisis financiera experimentada en los últimos años puede verse también como una regresión, pero no ya en el orden del imaginario, sino en el de la economía real (que precisamente entra en crisis por una “expansión artificial del crédito”). El discurso científico-técnico-evolucionista generó en las últimas décadas una interdependencia con un tipo de imaginario que quiere deshacerse de la materia, y no en pos de un mundo abstracto, sino de uno virtual. La fugaz aparición del fantasma de Marx, la revitalización de algunas recetas keynesianas y las nuevas políticas de Estado son efectos de esa breve desconexión de la matrix del mundo financiero.
Hoy, simulacro o virtualidad de por medio, no tenemos la impresión de desarrollo vertical y positivo. Justamente tenemos una impresión contraria, de abismo metafísico, que es la que hace surgir el síntoma de la comunicabilidad y su construcción de sentido en forma de red. El futuro fue en los 80, donde la ética discursiva del progreso negó más abiertamente a la naturaleza. El hombre hizo de sí mismo una imagen sin carne ni reverso, no imaginó materia ni clases, solo imaginó la repetición como redención.